No tuve el honor de conocerlo personalmente. Si seguí con entusiasmo su trayectoria desde que me empezó a interesar la política. Debe ser de los primeros líderes políticos que admiré, por su valentía, su carisma y su habilidad política, características que lo hacían un dirigente de fuste, de esos que no se dan con habitualidad.

La muerte de líder político como Sergio Onofre Jarpa enluta a quienes somos parte de RN y a una buena parte del país.

Al fallecer un hombre destacado como él los que quedamos solemos cometer alguno de estos cuatro errores: uno, juzgar al hombre de ayer con los ojos de hoy, perdiendo la perspectiva de la época en la que le tocó vivir; otro, idealizar su figura al punto de menospreciar a los actuales líderes que lidian con las circunstancias de hoy; un tercero, generar la fantasía de despreciar todo lo hecho en el pasado; y la última, minimizar los esfuerzos hechos por quienes tuvieron posiciones de liderazgo en tiempos difíciles son idealizaciones viscerales y poco sensatas.

Esos cuatro errores los cometemos porque olvidamos que todos, sin duda, somos luces y sombras, y somos hijos de nuestro tiempo.

Jarpa, como muchos, fue un hijo de la Guerra Fría. Ortega y Gasset decía en su obra Meditaciones del Quijote (1914), con razón, “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

El mismo Jarpa en una entrevista a Revista Paula de 2010, decía que “El ser humano tiene debilidades y pecados. Hay un primer impulso en creer que el gobernante tiene que ser perfecto. O lo juzgamos como estadista o como pecador o no pecador.”

¿Qué primó en la vida política de Jarpa? ¿El pecador o el estadista?

A mi juicio, por lejos, el estadista. Es cierto, algunos lo cuestionan por ser ministro del Interior de Pinochet por un poco más de un año. Detengámonos un poco en aquella curiosa relación: Jarpa la asume no siendo él un pinochetista, ni siendo Pinochet un partidario de la derecha tradicional.

Muestra de ello es que Jarpa, el líder más importante del sector, fue relegado a una o dos embajadas, de la misma forma que toda la plana del Partido Nacional, quienes fueron relegados por años a los espacios más alejados del poder durante los años 70 y mediados de los 80, mientras gremialistas, chicago boys y militares asumían esos espacios.

Pinochet necesitó de Jarpa porque la crisis política y económica le hizo imposible prescindir de apoyo político. Y Jarpa visualizó en el cargo la oportunidad de la apertura democrática que tras 10 años de dictadura se hacía indispensable. En sus propias palabras dichas en la época, aceptó “porque cuando uno puede ayudar en un momento difícil no puede negarse. Mi único y verdadero interés, créame, es vivir y trabajar en el campo.”

La breve cohabitación de Jarpa y Pinochet en la Moneda constituiría un “espectáculo fascinante” al decir de Martín Prieto, corresponsal de El País de España en 1984: “dos gorilas macho encerrados en la misma jaula”, apostando cuál de ellos lograría arrancarle la cabeza al otro.

En efecto, 48 horas después del llamado de Jarpa a la oposición, cuando aún estaban frescas las declaraciones de éste llamando al diálogo político, Pinochet decretó el toque de queda en Santiago. La relación con la oposición denominada “primavera de Jarpa”, parafraseando la de Praga, no podía durar mucho. En efecto no duró mucho. Jarpa tampoco como ministro: catorce meses.

Dicen que los líderes se reconocen en los grandes momentos y Jarpa demostró ser de aquellos que han sido capaces de enfrentar la adversidad, incluso de su propio sector, y seguir adelante. Contra la voluntad de algunos, tres años más tarde Jarpa fue el primero en declarar públicamente la derrota de Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988. “Habría, a juicio nuestro, una tendencia mayoritaria por la opción No”, aseguró en De Cara al País. Ese hecho, junto con las declaraciones de Fernando Matthei en La Moneda, fue decisivo para desinstalar cualquier intentona de no reconocer la derrota por parte de algunos en Palacio.

De Jarpa podriamos rescatar mil imágenes más. No solo fue sido un incansable y tenaz opositor al gobierno de Allende, liderando la oposición a la Unidad Popular. Asumió como embajador en Buenos Aires y desde ahí colaboró a evitar la guerra con Argentina. Fue el fundador de Renovación Nacional y un gran presidente del Partido, cuando la unidad de la centroderecha fue puesta en entredicho por algunos. Condujo a la oposición. Decidió volver a su campo y a su jubilación de la política a tiempo a diferencia de tantos que no son capaces de oir la campana del retiro.

Jarpa partió de este mundo, las coincidencias no existen, el mismo día que había fallecido Patricio Aylwin cuatro años atrás. Tal vez porque el destino de los grandes es no solo compartir las grandezas de esta vida sino las de la otra también.

Churchill decía que ni el éxito no es el final, y que el fracaso no es la ruina: es el coraje para continuar lo que cuenta. Y sin duda Jarpa era un hombre de coraje. Un “perro grande”, como se autocalificó frente a Anibal Palma, a quien jocosamente motejó de “quiltro” en medio de una discusión en plena Unidad Popular.

Así lo recordará la historia, como un grande de su época. De esos que hacen falta.

Marcelo Brunet, Comisionado Político.

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