Santiago


Contaminación en Santiago: pronosticamos peras y decretamos manzanas

Las autoridades insisten en seguir pronosticando peras y en decretar manzanas. ¿Cómo así? Veamos.

El principal problema de contaminación en la Región Metropolitana es el material particulado que respiramos y que clasificamos en dos grupos: El MP10, de hasta 10 micrómetros de diámetro, y el fino o MP2,5, de hasta un cuarto del diámetro del anterior. El primero está compuesto por sólidos y gotas producidas por procedimientos mecánicos, por acción del polvo resuspendido del suelo, industrias y algunas combustiones ¿Su vida media? Minutos u horas. El particulado fino, en cambio, que está compuesto principalmente por gases y se forma por reacciones químicas, principalmente por combustión de fósiles, tiene una vida media de días a semanas y por lo mismo, es más peligroso y dañino. ¡Qué importante diferencia!

Lamentablemente, nuestro actual sistema predictivo es un Frankenstein, ya que mientras la legalidad vigente sólo permite  decretar episodios críticos por el MP10, el Ministerio del Medio Ambiente ha empujado -con un nuevo sistema de pronóstico para el MP2,5 en la RM- que las decisiones que toma el Intendente Claudio Orrego se hagan con pronósticos para un contaminante y declaraciones para otro.

Si miramos en perspectiva, durante el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, en enero de 2012, se reguló por primera vez al PM 2,5, con lo que se definió que las medidas asociadas a cada uno de los niveles -alerta, preemergencia y emergencia-, “serán determinadas en el plan operacional para enfrentar episodios críticos de contaminación, contenido en el respectivo plan de descontaminación”.

Por eso, resulta inexplicable que el Plan de Descontaminación vigente en la Región Metropolitana es el DS 66, del año 2009, que no se refiere directamente al contaminante MP2,5, sino que a la gestión de episodios críticos por otros contaminantes y MP10.

Pero este no es el único problema. Las autoridades responsables han terminado por confundir a la población y a los medios de comunicación mezclando “los episodios que se producen” con “aquello que con antelación se decreta y está el Intendente obligado a decretar”, dos cosas totalmente diferentes. “Si no los puedes convencer, confúndelos”, parecen decir. El resultado es un sistema desacreditado que sólo sirve para poner en evidencia cómo la población se ahoga y cómo aquellos más débiles, como la tercera edad e infantes,  sufren seriamente en su salud.

Entre 2013 y 2014, cuando en mi puesto de seremi del Medio Ambiente tuve la responsabilidad de dirigir la gestión de episodios críticos, colaborando con las decisiones que tomaron los Intendentes Cecilia Pérez y Juan Peribonio, logramos que, por primera vez, no se decretara ninguna emergencia ni preemergencia para MP10. Por eso, puedo asegurar que, en más de un 80% de los casos, cuando se decreta alerta o preemergencia y efectivamente se produce lo decretado el día anterior, la declaración no tuvo ningún efecto relevante en la salud de las personas.

En esos años se optó por un “enfoque preventivo” en la declaración de episodios, lo que demostró tener efectos concretos en disminuir los contaminantes que la población respiraba. Este sistema decisional fue abandonado en esta administración, en la que se ha involucionado a un “enfoque declarativo”. Les importa más poder decir que le apuntaron al diágnóstico, que disminuir la contaminación que respiramos.

Por el contrario, la recomendación es algo diferente del pronóstico, por lo que debe fundarse en todos los antecedentes que puedan servir de base a la decisión, incluyendo parrillas y partidos de fútbol, si tan relevante lo estima la autoridad. Y el Intendente, que cuenta con información de diferente naturaleza, es quien tiene la función indelegable de decretar el episodio que puede desencadenar determinadas restricciones que nos afectan a todos y está bien que así sea.

Es urgente que este Gobierno saque adelante el nuevo Plan de Descontaminación de la Región Metropolitana. Pero hasta ahora, el anteproyecto que se sometió a consulta pública en enero de este año –cuyo texto era un lamentable “corta y pega” de decretos anteriores- parece haber quedado en nada. Es necesario, también, corregir la mirada academicista de la gestión del Ministerio del Medio Ambiente, que sólo ha puesto el énfasis en el pronóstico de los episodios.

Tantos errores ahogan. No es posible que el Gobierno siga enfocado en predecir cuántas peras habrá mañana, para luego decretar que habrá exceso de manzanas. Si están dispuestos a la reflexión, sería bueno que tengan en cuenta que nadie recuerda al inventor del termómetro, pero que todos sabemos que fue Alexander Fleming quien descubrió la penicilina.

Transantiago: el alumno con la nota más mala

Por Leopoldo Pérez Lahsen, diputado de Renovación Nacional.

Cuando el 31% de los usuarios del Transantiago señala en una encuesta que no acudiría a ninguna instancia para reclamar contra el servicio, estamos frente a una batalla perdida, muy mal síntoma para los tiempos que corren, donde debemos fortalecer y creer en las instituciones que defienden a la ciudadanía.

El 10 de febrero se cumplirán nueve años del sistema que muestra una dura paradoja a los ojos de la sociedad: los millonarios subsidios otorgados versus la poca dignidad del transporte para millones de santiaguinos, especialmente los más vulnerables.

En todo este período la evasión subió de 13,5% a 26,9% en 2015, o sea, se dobló. Solo el último año los operadores perdieron US$150 millones, de los US$230 millones recibidos vía subsidio.

No es casualidad, entonces, que sea el Transantiago nuevamente el peor evaluado en la decimotercera versión del estudio “Percepción de la población pobre de Santiago sobre servicios básicos y transporte público al año 2015 y visión evolutiva desde el año 2003”. Un deficiente 4,1 es la nota que recibe el Transantiago. Calificación incluso generosa, si consideramos la pésima calidad del servicio, pese a haber recibido en sus años de funcionamiento US$8 mil millones en aportes del Estado. Son cifras de otro planeta para un sistema que tuvo un mal diseño e implementación desde el inicio y que durante todo este tiempo fue objeto de maquillaje, pincelazos y caretas para solventar costos operativos que jamás se convirtieron en mejoras palpables para los usuarios.

La segunda peor evaluación se la lleva el Metro, con nota 4,5. El transporte subterráneo, otrora orgullo nacional, sufrió una baja en viajes de 1% por primera vez en seis años. El capital urbano que representaba este medio de transporte se ve fuertemente impactado, haciendo retroceder una política de transporte público que avanzaba en la dirección de prescindir del auto, para movilizarse en medios distintos que permitan mejorar la calidad de vida y descongestionar nuestra metrópolis. El sistema está definitivamente colapsado, responsabilidad heredada del Transantiago.

Así, y a pesar de que el Gobierno intenta desesperadamente integrar los distintos sistemas de transporte que convergen en el Gran Santiago, el servicio continúa siendo malo porque las autoridades se han dedicado a tapar errores con nuevos fracasos.

Teniendo en cuenta las desastrosas cifras de evasión y pérdidas anuales del sistema, recién ahora el Ejecutivo anuncia que pondrá urgencia a un proyecto que fortalece la fiscalización.

En distintas oportunidades he mencionado que la solución es un rediseño gradual, que busque mejorar la calidad y dignidad del transporte metropolitano, pero hay oídos sordos que por orgullo o porfía prefieren ignorar. No daré por perdida la batalla, por eso insistiré y exigiré el giro que necesita dar el Transantiago para que deje de ser, entre la población que lo utiliza, la condena diaria de vivir en un país donde las cosas no están funcionando.

 

 

Columna publicada por Pulso, el 4 de febrero de 2016.