El bosque y el árbol de Pascua: cómo ser un buen presidente por Francisco Valdés

Mi viejo tiene una costumbre –rara para los tiempos de Google pero entendible para los suyos- que mi mamá nunca pudo quitarle: guardar recortes de diarios sobre temas que él considera interesantes o que “pueden llegar a servir”. En general son simplemente basura, pero hace unos días me pasó una hoja de El Mercurio del domingo 15 de enero de 2006, día de la segunda vuelta presidencial en que Michelle Bachelet le ganó a Sebastián Piñera. Al menos el título era interesante: “Seis reglas para ser un buen Presidente”.

Comencé a leer las “reglas” para ver si se aplicaban a algunos casos conocidos, y de inmediato me llamó la atención la número 2: “Cóncentrese, no se diversifique: Generalmente hay media docena de respuestas correctas a la pregunta anterior. Aun así, a menos que un presidente haga la arriesgada y polémica elección de una sola, no conseguirá nada”. Así de simple, así de lapidario. Me parecía claro que ninguno de los dos candidatos a esa elección había alcanzado a llegar a la página B7 en medio de uno de los días más estresantes de sus vidas.

Sin duda el Presidente Piñera no cumplió este ni la mayoría de las recomendaciones tomadas del fallecido gurú delmanagement Peter Drucker. El gobierno de la Coalición por el Cambio logró muchos avances notables en las más diversas áreas, pero a diferencia de otros presidentes es difícil identificarlo con un gran logro. No es una crítica, sino más bien la misma constatación que hacían los que señalaban la “falta de relato” de la Administración. Fiel a la personalidad de Sebastián Piñera, el gobierno lo quería hacer todo, rápido y bien.

Lo mismo pensé respecto al actual gobierno de la Nueva Mayoría. La Presidenta Bachelet se puso la meta de lograr en 4 años reformas tributaria, educacional, laboral, al Código de Aguas, de procedimiento civil, de ley de pesca, al Código Penal y su procedimiento, de ISAPRES, una serie de reformas políticas y por último, la reforma constitucional; la “Joya de la Corona”. Pero, a diferencia de su antecesor, el relato es claro: un Chile de todos, más justo e inclusivo.Todas y cada una de sus acciones, omisiones e incluso puestas en escena apuntan a un relato coherente con la lógica de la retroexcavadora, de “terminar con la herencia de la dictadura” e incluso algunos han llamado a acabar con la obra de José Piñera. Dándole un par de vueltas, parece que la Presidenta no está tan desconcentrada.

Para concentrarse tiene la ayuda de asesores como Atria y Güell que, avezados en la ingeniería social y la ideología igualitarista, le ayudan a no dar un paso sin salirse del camino. Tal como si fuera una hábil jugadora de rayuela, la Presidenta Bachelet avanza por los cuadros sin salirse, esperando llegar con el último impulso de la piedrita –la Reforma Constitucional– al cielo. Por eso este no es un gobierno de programas y medidas (como ejemplo su programa de educación tenía 8 páginas), sino de libros e ideología. Por eso es difícil atacar cualquier flanco: si se critica la reforma laboral, se responde que la solución está en la agenda laboral. No se queda en la pelea chica y lo cubre todo con titulares y anuncios proyectados al futuro.  Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que su sector –con mucha ayuda del nuestro- ha adoptado como lema el “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

El progresismo de la Nueva Mayoría entiende que la política no es simplemente el arte de lo posible, sino también el de mover las fronteras y hacer posible para mañana lo que hoy parece imposible. Por eso no podemos dejar que los árboles –las distintas reformas y medidas refundacionales- no nos dejen ver el bosque: Bachelet y los suyos están concentrados en cambiar el modelo cultural, político, social y económico de país, más que en subir tal o cual indicador. Por eso repiten como profecía autocumplida que “Chile cambió”. Más que un bosque hay que ver un árbol de Pascua, con la Constitución como estrella en la punta y todos los adornos ladeándolo a la izquierda.