El año en que murió la Nueva Mayoría

Por Andrés Allamand, senador de la República.

@Allamand

El tercer año del gobierno de la Nueva Mayoría batió un récord: fue aún peor que los dos anteriores.

Desde el punto de vista de la aprobación ciudadana se confirmó la tendencia: es el gobierno más impopular desde el retorno a la democracia; desde la economía, el resultado fue idéntico: el peor desempeño desde los 90’. En cuanto a sus cacareadas reformas, el resultado no es mejor: todas reprueban en aprobación e implementación. De hecho, algunas de las más relevantes (como la Ley de Inclusión), muestran sus graves falencias, reflejadas emblemáticamente en el declive del Instituto Nacional, antes el mejor colegio de Chile y orgullo de nuestra educación pública. La ley de educación superior está en medio de un pantano. La confusión mental del gobierno, dilató en más de dos años y medio su redacción. Al presentarse, generó rechazo unánime. El gobierno anunció – algo nunca visto – que enviaría un proyecto sustitutivo -¡De su propio proyecto!- Inédito. ¿Y la promesa de gratuidad universal al 2020? Postergada al infinito o, como dijo la ministra de Educación, dependerá de “que los chinos nos compren cobre”.

¿Y la nueva Constitución? En medio de la nada, sumida en un engorroso procesamiento de los cabildos. Es un secreto a voces entre los propios partidarios del gobierno que no habrá nueva Constitución. En el mejor de los casos habrá un proyecto presentado a fines del 2017 solo para la galería. Sin embargo, a la hora del balance del 2016 no basta con detenerse en los múltiples problemas de gestión -ni siquiera hemos mencionado el drama de los niños del Sename, atrapados entre la indiferencia y la incapacidad del gobierno– sino en ir al fondo de los problemas de la Nueva Mayoría.

El año 2016 será recordado como el año en que murió el proyecto político de la Nueva Mayoría. Tal proyecto, demostró ser profundamente equivocado. Su premisa fundamental -que el progreso de Chile desde los 90’ no valía nada y que había que empezar de cero resultó palmariamente falsa.

Su lectura del malestar fue igualmente errónea: los chilenos han expresado con razón su rechazo a los abusos empresariales, a la porfiada desigualdad, a la falta de oportunidades, a ingresos que no reflejan el esfuerzo de los trabajadores y a prestaciones sociales que están “al debe” como ocurre con la previsión y la salud, pero nunca creyeron que la solución fuera despreciar el crecimiento como motor fundamental del desarrollo, reemplazar la iniciativa individual por la pesada burocracia estatal y enterrar el mérito para “igualar para abajo”.

Tampoco se tragaron que había que demonizar los acuerdos políticos que garantizan la estabilidad necesaria para progresar y que había que rendirle pleitesía a los gritos de “la calle” y a sus profetas iluminados: los mismos que alientan tomas eternas de los colegios, con la tolerancia pasiva de las autoridades, y luego se preguntan ¿por qué los resultados de los mismos son tan malos?

La Nueva Mayoría murió no solo por el peso de su fracaso -mezcla de inspiración equivocada y gestión deplorable -, sino porque no tiene heredero. ¿Acaso Lagos, Guillier o Insulza se presentan ante el país para “proyectar” la Nueva Mayoría? ¿Son los “continuadores” de Bachelet? Nada de eso: ya escapan de la Nueva Mayoría como de la peste. La Nueva Mayoría es como un atleta corriendo una posta, que con angustia, no encuentra a nadie que quiera recibirle el bastón. La razón es simple: los líderes de la Concertación sentían orgullo de ella; los dirigentes serios de la Nueva Mayoría sienten vergüenza. Y la conclusión es evidente: la Nueva Mayoría ha muerto, aunque por algunos meses siga deambulando como alma en pena.

 

Publicada por La Tercera.

Fotografía: Agencia Aton Chile.