El aborto y la discusión tramposa – Por Francisco Valdés

Por Francisco Valdés

Parto por reconocer que soy un amante de la política. “Consumo” casi todo –obviamente tengo temas preferidos– lo que se escribe y dice en los diversos medios y trato de mantenerme al día en las discusiones que dominan la agenda pública. Pero en las últimas semanas tuve la impresión de haberme pegado en la cabeza y haber despertado un par de meses después…

El 31 de enero recién pasado la Presidenta Bachelet presentó, flanqueada por sus Ministras de Salud, Carmen Castillo, y del SERNAM, Claudia Pascual, su tan anunciado proyecto de aborto bajo tres causales. La discusión comenzó centrada en éstas: aborto por violación, en caso de que la mujer se encuentre tanto en riesgo vital o futuro y finalmente cuando la criatura en el vientre materno padezca una malformación congénita o genética. Desde La Moneda abundaron los llamados a un debate con altura de miras para aprobar un proyecto que, según el Gobierno, aborda “una situación difícil que debemos enfrentar como país maduro”. La Presidenta tenía toda la razón: el legislar a favor del aborto, privando a ciertos individuos de la especie humana del derecho a la vida –base de todos los demás derechos– es una de las situaciones políticas más difíciles que alcanzo a imaginar.

Una situación tan difícil que en todas las oportunidades anteriores en que se planteó en nuestro país fue ampliamente rechazada. Tan difícil que constituye o ha constituido uno de los temas más arduos de la discusión política en todo el mundo, desarrollado o no. Tan difícil que muchos países, después de haber avanzado en políticas públicas favorables al aborto, han comenzado a restringirlo después de experimentar sus graves consecuencias sociales.

Claro, esta vez la discusión se podía anticipar más favorable para la Nueva Mayoría en el terreno parlamentario producto de la aplanadora que pasó sobre la centroderecha en las últimas elecciones. Pero por otro lado, también era esperable que la centroderecha defendiera con firmeza sus convicciones y principios, tanto en el Congreso como por medio de las fuerzas vivas que representan su visión cultural y antropológica en la sociedad civil, tal como lo hizo en la discusión de la reforma tributaria, la reforma educacional y la recién iniciada reforma laboral. Pero pasó un par de días y el tema dejó de ser la protección del que está por nacer y comenzamos a discutir sobre la objeción de conciencia de los profesionales de la salud y si acaso todas las clínicas y hospitales, sin excepción, se encontrarían obligadas a practicar la “prestación de salud de interrupción del embarazo”, usando un lenguaje aséptico que olvida que no estamos hablando de un resfrío ni de una extracción de las muelas del juicio: estamos hablando de matar a un inocente.

La Nueva Mayoría no sólo había tenido éxito al sacar de la discusión la palabra aborto, tan negativamente cargada, y reemplazarla por la “interrupción voluntaria del embarazo”. También nos habían hecho “pisar el palito”, obviando un pequeño gran detalle: ¡El proyecto de ley de aborto recién se había presentado! No lo ha tratado comisión alguna, ni se ha escuchado a los expertos en el Congreso ni mucho menos se ha votado una coma de la iniciativa. Aún no se ha dado cuenta del proyecto en ninguna de las Cámaras y nosotros tratamos el tema como si el aborto fuera ley de la República. ¡Perdimos la batalla antes de divisar siquiera a las tropas enemigas! ¿Qué nos pasó?

Pasó que la Nueva Mayoría, generalmente mediocre a la hora de resolver problemas sociales pero doctorada en maniobras políticas de manual, se adelantó y puso en el tapete una tercera alternativa distinta del sí o no al aborto: el “sí al aborto, pero sin obligar a nadie a abortar ni a practicar un aborto”, sin considerar que en esta opción igualmente se está atentando contra la vida de una criatura inocente y decidiendo qué persona tiene derecho a nacer y cuál no, o incluso más allá: pretendiendo decidir quién es persona y quién no lo es. ¿Es posible imaginar algo más totalitario? Póngalo en las palabras que quiera, el aborto es la negación de todos los derechos que emanan de la naturaleza humana.

Por suerte estamos a tiempo y los argumentos para defender la vida abundan, sea cual sea la causal, ya sea desde el plano médico, ético, jurídico, filosófico e incluso económico. Por suerte podemos salir de la trampa lógica en que nos metió la Nueva Mayoría y retomar la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Políticos, médicos, obreros, abogados, estudiantes, madres, padres, abuelos, hermanos, comerciantes, pololos, jefes y profesores: no les quepa la menor duda; estamos del lado correcto de la historia. ¡La vida se defiende ahora y siempre!