“El 11: Una mirada hacia el futuro” por Cristián Monckeberg

Columna de opinión del Presidente RN, Cristián Monckeberg, publicada en La Tercera

La reflexión sobre las causas y consecuencias del quiebre de la democracia en 1973, así como las lecciones aprendidas que nos eviten transitar por un proceso similar, son fundamentales para la construcción del Chile que queremos para nuestros hijos. Una patria sin odios ni rencores. Una sociedad donde se valore la vida, la diversidad y no se pretendan imposiciones ideológicas.

Renovación Nacional emprendió esta tarea desde sus primeros años, aun cuando a veces resultara incomprendida por algunos de nuestros compañeros de ruta, y en momentos en que la polarización social y política se palpaba en todas partes. Nuestros dirigentes orientaron la acción del partido con un sentido unitario, democrático y moderado, que defendiera con firmeza la libertad y el pleno ejercicio de los deberes y derechos cívicos de las personas. A partir de esto, generamos los consensos necesarios para un retorno pacífico a la democracia, con el Acuerdo Nacional; lideramos los grandes cambios que permitieron el fortalecimiento de nuestras instituciones, a través de diversas formas; y condenamos tajantemente las graves violaciones a los derechos humanos, sin ambages, en numerosas declaraciones y documentos públicos.

Lo hicimos por convicción, porque nacimos como partido respetuoso de los valores de la democracia y la dignidad de la persona. Todo ello, cuando muchos estaban aún lejos de una mirada más calma y serena respecto de la situación política que vivía el país.

A más de 27 años del nacimiento de RN, asumí con orgullo este legado y los desafíos que exige un Chile que ha cambiado y que ofrece un reto enorme para aquellas generaciones que no fuimos protagonistas de ese duro y dramático momento histórico. Sin perjuicio de lo anterior, tengo la convicción de que nuestra generación política tiene la responsabilidad de leer este pasado reciente, evaluarlo en forma crítica y contribuir a la gestación de un consenso social, sin exclusiones ni vetos.

Estoy convencido de que en esta hora nadie puede justificar las graves violaciones y atropellos que sufrieron compatriotas en esos años. Al mismo tiempo, somos conscientes de que ningún objetivo político o ideológico es tan valioso como para que la vía armada, la incitación al odio de clases y la violencia constituyan un acto legítimo, como propugnaron partidos y movimientos de izquierda en Chile.

Hoy, estoy seguro, todas las fuerzas políticas que compartimos los valores democráticos no nos perdemos un instante en lo anterior. Al respecto, un paso importante se produjo en el primer gobierno de nuestro sector desde el retorno a la democracia, cuando se adoptó una mirada de Estado, en cuanto a la condena a las violaciones a los derechos humanos, traducida en acciones concretas al respecto.

No obstante lo anterior, a más de cuatro décadas del colapso político institucional de 1973, desde la centro derecha creemos que es urgente empezar a mirar hacia adelante. No como una fórmula de omitir lo ocurrido o hacer vista gorda creemos que es urgente empezar a mirar hacia adelante. Lo que hoy reclama la sociedad a sus líderes políticos es decisión y capacidad de diálogo para enfrentar los desafíos del presente y el futuro. Con la misma firmeza que condenamos atropellos en el pasado, lo que nos demanda la ciudadanía ahora es ser protagonistas activos de la defensa de los derechos elementales y las libertades de los chilenos en el siglo XXI.

Chile no debe olvidar ni ocultar su historia, pero también debe empezar a prestar atención a la protección y la promoción de la agenda de dignidad y humanidad que hoy nos convoca. Sólo de esa forma, les será un motivo de unión y cohesión, y no una fuente de división y rencor.

El respecto y promoción de los derechos humanos no son propiedad de un partido o corriente política. Constituyen la línea de base para partir de la cual adquieren sentido las políticas sociales  sobre materias tan sensibles como el derecho a la vida, la protección de la infancia, la dignidad de nuestros adultos mayores, la no discriminación, la superación de la pobreza o el derecho a una educación plural y digna, y a no sentirnos amenazados por quienes pretenden hacer de la violencia una forma de vida, entre tantas otras.

Tampoco están circunscritos a un territorio o contexto. Por esto, es motivo de preocupación la tolerancia de algunos sectores políticos de nuestro país con lo que ocurre en naciones donde dichos derechos están severamente limitados o ausentes en la actualidad. Sociedades en las que no existen garantías para las libertades civiles y políticas, y donde no se refleja el sentir de la ciudadanía. La coherencia debe guiar al actuar de nuestra sociedad y sus líderes.

La construcción de una sociedad abierta, libre y tolerante requiere dejar atrás los odios de un pasado triste y violento. No pretendemos que se olvide u oculte lo ocurrido en Chile. Por el contrario, creemos que no es legítimo que a partir de esos hechos, que son parte indeleble de nuestra historia, sectores de la clase política busquen polarizar permanentemente a la sociedad, y sobre todo a las generaciones más jóvenes, que no tienen responsabilidad alguna en el quiebre de la democracia, ni menos aún en sus consecuencias.

Como Presidente de Renovación Nacional, hago un llamado a que no nos apartemos del razonable espíritu de moderación con el que hemos construido el Chile actual, a recordar que los responsables del futuro del país somos todos, y que los proyectos excluyentes de sociedad sólo generan división y desencuentros. Si consolidamos una visión de Estado sobre los derechos humanos, que también incluya la agenda actual, lograremos asentar esa línea de base sin apropiaciones ideológicas. Se trata de un desafió que excede por mucho a la derecha, al centro o a la izquierda por separados. Compromete a todos y requiere una mirada de Estado y líderes políticos que obren en consecuencia.