Aylwin: Un político idealista, un parlamentario vehemente y un presidente estadista.

Describir su personalidad, tan especial como multifacética, nos obliga, por una parte, a remontarnos a sus ideales de juventud, al amparo de las encíclicas sociales. Luego viene el nacimiento de la Falange Nacional, con un grupo de dirigentes de la entonces juventud conservadora, que deciden emprender en la política chilena de los años treinta, bajo la doctrina social cristiana que compartían con muchos que se quedaban al alero de un partido que había marcado un hito importante de la historia política del siglo XIX y primera parte del XX.

Eran los ideales de Frei Montalva, Leighton, Tomic, Garretón, Walker y tantos que antecedieron a las generaciones siguientes en donde se sitúa patricio Aylwin.

Familiarmente radicado en San Bernardo, hijo de un destacado magistrado superior de la justicia chilena. Su familia es oriunda de Constitución, en una expresión de la emergente y sólida clase media que ha hecho de Chile un verdadero país de oportunidades, cuya evidencia algunos hoy se empeñan en desconocer.

Ese fue el entorno de quien se convertiría en un fogoso y vehemente diputado que impulsara en la década de los sesenta su enmienda legislativa que permitiría expropiar a los agricultores sin previa indemnización. La idea era facilitar una reforma agraria que se teñiría -a mi parecer- de un sesgo político.

Por otra parte, en los albores de los años setenta, Aylwin participó tan decidida como activamente en la defensa a los excesos del gobierno de socialistas y comunistas que habían transgredido el pacto de garantías que les permitiría alcanzar el poder.

Elegido por la oposición en la testera del Senado, en los turbulentos años de la Unidad Popular, redactó el histórico documento que declarara al gobierno de Salvador Allende al margen de la Constitución.

Adversario resuelto del gobierno militar y luego de participar muy activamente en los acuerdos para volver a la democracia es, junto a Gabriel Valdés, Enrique Silva Cimma y otros destacados dirigentes, quienes derrotan al gobierno en el plebiscito de 1988, enarbolando las banderas de la Concertación de Partidos por la Democracia y alcanzando, don Patricio Aylwin, la más alta magistratura del país.

Se inicia entonces, en marzo de 1990, de la mano de Aylwin, la denominada transición a la democracia, que se constituye en una de las más ejemplares del mundo y en particular porque debe mantener en la comandancia en jefe del Ejército a quien le entregara el bastón de mando en una histórica y recordada ceremonia en el Congreso pleno y que recuerdo con particular claridad, ya que le recibí en la denominada comisión de pórtico -que integrábamos los jefes de comité de las distintas bancadas-, donde se detuvo para saludar a quienes seramos sus adversarios y no sus enemigos.

Su acción gubernamental será recordada como una de las más eximias expresiones de un gobernante que entendía y comprendía el nuevo escenario que se iniciaba en Chile. La República estaba en las diestras manos de un genuino patriota y estadista cuyo propósito era pensar en el futuro del país.

Aylwin, hizo de su familia su sostén espiritual. Con la señora Leonor y sus hijos realizó la maravillosa aventura de crear la base esencial de la existencia y la realización cristiana: la familia. Austero, sobrio, sencillo, personificó al profesional estudioso y trabajador que hizo de la vida familiar la base esencial de las metas que cumplía el joven idealista, el parlamentario vehemente y sólido, el estadista con visión de país, uno de los articuladores del Acuerdo Nacional para la Transición y Democracia, senador y presidente del Senado.